Los egipcios


Transcripción:

Laura y su perro Turko juegan a la pelota. Laura la esconde y Turco la busca mientras mueve entusiasmado su cola. Turko tiene buen olfato. Su nariz averigua todos los escondites.

—¿Dónde puedo guardarla ahora? —Se pregunta Laura.

Entonces la cría descubre un libro bien gordo en la parte baja de la estantería. Lo saca e introduce la pelota detrás. Cuando va a volver a poner el libro en su sitio, este se abre, y la niña se queda sorprendida.

El libro se ha abierto por una página que muestra un dibujo de un hombre vestido con una falda. Lleva un casco tan raro que, si no fuera porque de él sale una serpiente, cualquiera diría que se ha puesto una bola de billar en la cabeza. Además, Laura no consigue adivinar que es eso que le cuelga de la barbilla.

Turco, que ya hace rato que ha encontrado la pelota, no entiende por qué su amiga ya no le hace caso. Ha puesto sus patas justo encima de la foto y le ha dado un lametón a su amita.

—¡Aparta Turko! ¡Eres un pesado! —le riñe Laura que ahora está inmersa en su nuevo descubrimiento.

Laura no sale de su asombro mientras pasa las páginas. Una mujer con cabeza de gato, una estatua de piedra gigante con cara de mujer y cuerpo de león, construcciones con forma de pirámide y todos esos dibujos ininteligibles que parecen letras.

Una estatua dorada de un hombre de ojos rasgados le ha llamado ahora la atención. Su cuerpo está recubierto de escamas, sus orejas son grandes y sobresalen del tocado de rayas azules que lleva como peinado. Sus brazos están cruzados y en sus manos sujeta dos bastones, uno de los cuales le recuerda a una golosina.

Turko, con sus patas delanteras estiradas, ladra varias veces para llamar la atención de la niña. Sin embargo, la que llega alborotada es Silvia, la mamá de Laura.

—¡Qué está pasando aquí! —dice enfadada—, ¿Qué es todo este jaleo?

Turko mira a su dueña cabizbajo. Sabe que algo ha hecho mal. Levanta sus cejas y mueve su cola en señal de arrepentimiento.

—¡Mira mamá! —señala Laura— ¡Una momia!

Su mamá la observa detenidamente y sonríe. Ya no está enfadada. Se sienta junto a su hija. Turko rápidamente se acurruca entre ambas.

—Sí. ¿No son fantásticos los egipcios? —pregunta la madre mientras acaricia al perro.


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